Hoy en día, existe un gran desperdicio de talento, de habilidades y de capacidades en el mundo laboral y en otras áreas. Una de ellas es el servicio social. Durante seis meses o 480 horas (dependiendo de la universidad) todos TENEMOS que cumplir con un requisito para graduarnos y remarco el tenemos porque es un acto obligatorio lo cual lo vuelve, inmediatamente, en candidato para ser reprochable, aborrecido, odiado y repudiado.
Sin embargo, se tiene que cumplir. Uno pensaría que por lo menos, ya que nos estas imponiendo dicha actividad, podría ser algo de nuestro agrado, algo en el que sintamos que estamos haciendo un cambio, un bien, ayudando, “retribuyendo a la sociedad”.
Nos deslumbran con una centena de opciones para realizar nuestra obligada actividad pero todo nos es más que una vendimia de idea e ilusiones falsas. Una vez al semestre vienen representes de los diferentes servicios sociales a ofrecernos un espacio para desarrollarnos académicamente. Desgraciadamente, no siempre sucede así.
Y no sucede por varias razones. Por un lado, existe la institución enterrada en trámites burocráticos los cuales, literalmente son un río, y no permiten que alguien con ideas frescas, innovadoras o, simplemente, útiles las aplique pues eso causaría mayor número de papelería (la cual, en unos meses llegará al archivo muerto, que es, precisamente, como se encuentran dichas instituciones).
Por otro lado, tenemos a las personas que creen que están ayudando a un grupo necesitado de la sociedad, gente con Sociedad Civiles, ONG’s o I.A.P que creen que consiguiendo una despensa anual para veinte personas o impartiendo cursos sobre lo que sea ayudan a estas “pobres personas necesitadas de una mano caritativa”. Creen que la ayuda asistencial es suficiente, en palabras muy repetidas y conocidas: dándoles un pez; creen que están poniendo su granito de arena, cuando realmente, es más un acto de purificación barata de pecados culposos, un acto de narcisismo pueril.
Pero lo que realmente es una tristeza no es el poco trabajo que hacen estas organizaciones. El problema es que buscan a gente, chavos universitarios, para adquirirlos de esclavos semestrales, chalanes temporales, conocimiento gratuito y, al final, terminan desperdiciadlos en trabajos poco productivos para ambas partes: archivando, scaneando, redactando o, simplemente, de office-boys, repartiendo invitaciones o llamando por teléfono para corroborar datos.
Es una verdadera pena tener a personas con el conocimiento de cuatro años y medio de universidad haciendo este tipo de trabajo. Es lo mismo que un médico termine de taxista o un abogado de limpia coches o franeleros. Es una viva reflexión de lo que está viviendo el país en el ámbito laboral.
Pero eso no es lo único erróneo con el concepto de Servicio Social. Desde el mismo nombre encontramos errores. En teoría y conocimiento popular, el Servicio Social es una acto por parte del estudiante que asiste a una universidad pública, que sus estudios son pagados por la sociedad, como retribución a ésta. Entonces, por que, aquellos que asistimos a una universidad privada, que estamos pagando por nuestros estudios (lo cuales no salen tan baratos) tenemos que retribuir algo a una sociedad la cual no nos ha aportado nada, una sociedad la cual no está dando para poder recibir.
Mientras el país esté en depresiones económicas, políticas y sociales, los problemas seguirán existiendo, gente, manos y cerebros, seguirán siendo necesarios. En ese caso, es bueno que se promueva la ayuda social por parte de los jóvenes con conocimiento y medios para ello. Pero entonces, por qué hacerlo obligatorio y por qué desperdiciar esas manos y cerebros en simple papeleo burocrático o actividades secretariales. Cómo no esperan que los jóvenes estén desmotivados por dicha actividad, por qué se sorprenden al encontrar apatía hacia la ayuda humanitaria y social si lo único que se nos ofrece a cambio son trabajos inútiles destinados a quitarnos tiempo y lo cuales no aportarán nada a nuestro crecimiento académico e intelectual.